lunes, 24 de enero de 2011

EL PESO DE LA SANGRE


 "Lamento las muertes en Irak"
Tony Blair

VISIÓN DESDE EL FONDO DEL MAR
RAFAEL ARGULLOL
ACANTILADO


Los pilotos norteamericanos que bombardearon Irak en 2003 fueron protegidos definitivamente contra el peso de la sangre. No solo no veían las bombas que lanzaban y sus efectos devastadores, sino que, aislados acústicamente, ignoraban el más lejano eco del estruendo con el que se destrozaban las ciudades. Muchos regresaban a sus bases y salían en la televisión completamente ajenos al mal causado.

(...)Sin embargo, el muchacho de Ohio, pobre, no lo sabe porque es solo un triste apéndice de chacal de despacho, del depredador que quiere hacer creer a los hombres que en la guerra la sangre ya no existe y que lo que él tiene entre las fauces, un fluido rojo y nauseabundo, son ideas y creencias. El viejo guerrero, loco y bárbaro, saqueador y aterrorizado al mismo tiempo, habita en nuestra propia oscuridad. No obstante, mucho más peligroso es el chacal de despacho, el predicador que promete la luz, el filántropo que sabe lo que es conveniente para la humanidad, el vendedor de paraísos: los que observan con satisfacción  que el fiel de la balanza no se inclina con el peso de la sangre.

Atreverse a pesar la sangre es el único camino de paz que puedo intuir. A este respecto, antes de toda guerra debería obligarse a los declarantes  a bañarse en sangre. En el sentido más literal: el rey, el presidente, el general deberían sumergirse en pilas bautismales llenas de sangre y revolcarse entre cadáveres. Este bautismo les daría la autoridad necesaria.
Pero entonces, asimismo, se liberarían de nuevo las Vengadoras, las que ahora ocultamos bajo nuestras hipócritas máscaras de ley y civilización, las furiosas hijas del pantano que emprenderían otra vez el vuelo para perseguir a los farsantes, para taladrar los oídos de los gélidos ejecutores,  para cubrir con hiel los ojos de los que, no juzgando suficiente el miedo que nos rodea desde que nacemos, han querido convertirse en los dueños de nuestro terror.

Rafael Argullol

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